El Toro de Falaris

Conocido también como el Toro de Bronce, el Toro de Latón o el Toro Siciliano; este artefacto de ejecución fue diseñado en la Antigua Grecia para provocar la muerte de los criminales de una forma violenta pero armoniosa para quienes la presenciaban.

Historiadores ubican la creación de esta efigie bovina al ateniense Perillos, quien bajo encargo del tirano Falaris de Agrigento construyó el toro de bronce con un hueco en el lateral del mismo para introducir a los criminales que iban a ser ejecutados. Una vez dentro, atados de pies y manos, se encendía el fuego bajo la estatua. El calor se incrementaba y el ajusticiado comenzaba a sentir  la piel irritada y ampollas en distintas partes del cuerpo por el contacto con el metal caliente. En menos de una hora, el toro levantaba una temperatura que calcinaba viva a la persona de su interior, no sin antes deshidratarla y sofocarla con  su propio humo de piel quemada.

La peculiaridad de este artefacto radicaba en un sistema de tubos que iban desde la garganta hasta el hocico del toro, haciendo que los gritos de las víctimas sonaran a mugidos furiosos, creando un espectáculo digno de presenciar. La escritora Irene Thompson detalla en su libro “The A to Z of Punishment and Torture: From Amputations to Zero Tolerance” (p.30) que cuando el toro era abierto luego de la ejecución los huesos calcinados de las victimas brillaban como joyas y eran utilizados para hacer brazaletes decorativos; arqueológicamente nunca se encontró indicio de estos actos de orfebrería ósea.

gravado del castillo Spisska Hrad

 Grabado anónimo donde puede observarse distintos tipos de torturas

Según la tradición, se cuenta que cuando Perillos le mostró el toro por primera vez a Falaris, éste se mostraba escéptico de que realmente los gritos de agonía se convirtieran en mugidos, por lo que ordenó que introdujeran al mismísimo constructor dentro del aparato de tortura y que encendieran el fuego. Al comprobar que los gritos desesperados de Perillos salían del hocico del toro en forma de mugidos animales, liberó al ateniense a punto de la muerte sólo para tirarlo posteriormente desde una colina, terminando con su vida.

Irónicamente, se dice que Falaris encontró su muerte dentro del toro años después, colocado allí durante una rebelión general encabezada por Telémaco.

Muchos especialistas marcan una similitud entre el Toro de Falaris y el Culto a Moloch realizado principalmente en Cartago. Los eruditos mantienen el argumento que Agrigento es una ciudad con raíces cartagineses y sus tradiciones podrían haber impuesto este tipo de actos. Otro punto a tener en cuenta, es que Perillos pudo inspirarse en los diseños de los altares de Moloch para diseñar su artefacto bestial.

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Perillos es obligado a probar su propia invención – Pierre Woeiriot

El Toro de Falaris es mencionado en distintos tratados de la antigüedad, sobretodo Aristóteles en capítulos dedicados a acciones depravadas de tortura y violencia. Pindar también menciona este instrumento de tortura un siglo después asociándolo con el nombre del tirano que lo puso en práctica por primera vez: Falaris.

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Los Romanos no fueron ajenos a este sistema de ejecución, ya que en su cacería de Cristianos y Judíos el Santo Eustace fue, según la tradición Cristiana, rostizado junto a su esposa e hijo por el Emperador Hadrian.

Mismo destino le esperó al Santo Antipas, Obispo de Pérgamo durante las persecuciones realizadas por el Emperador Domiciano en el 92 A.C.

El dispositivo fue usado siglos después, cuando otro cristiano, Pelagia de Tarso fue quemado en el 287 por el Emperador Diocleciano. A pesar de estas menciones la Iglesia Católica desmiente varias de estas ejecuciones, sobretodo tomando el martirio del Santo Eustace como una “historia fantástica”.

Aunque las historias sean exageradas o meras tradiciones orales, la existencia del fatídico toro es tomada como una parte de la historia en donde los autoproclamados tiranos necesitaban un método de ejecución brutal pero que acerque el público a dichos espectáculos, ganando carácter de entretener al pueblo mientras impartían justicia.

Autor Nikos Gemidopoulos